La chica que dejaste atrás.






Título: La chica que dejaste atrás.
Título original: The girl you left behind.
Autora: Jojo Moyes.
Género: Romántico. Contemporáneo.
Año de publicación: 2017
Editorial: Suma de letras.
ISBN: 9788491291404
Páginas: 524
Precio: 19'90 € / 9'99 € (eBook)
Sinopsis:
En 1916 el artista francés Édouard Lefèvre ha de dejar a su mujer, Sophie, para luchar en el frente. Cuando su ciudad cae en manos de los alemanes, ella se ve forzada a acoger a los oficiales que cada noche llegan al hotel que regenta. Y desde el momento en que el nuevo comandante posa su mirada en el retrato que Édouard pintó a su esposa nace en él una oscura obsesión que obligará a Sophie a arriesgarlo todo y tomar una terrible decisión.

Casi un siglo más tarde, el retrato de Sophie llega a manos de Liv Halston como regalo de boda de su marido poco antes de su repentina muerte. Su belleza le recuerda su corta historia de amor. Pero cuando un encuentro casual revela el verdadero valor de la obra, comienza la batalla por su turbulenta historia, una historia que está a punto de resurgir, arrastrando con ella la vida de Liv.


Little Flower.

Muy buenas chicos.

Como ya informamos hace tiempo, recibimos La chica que dejaste atrás, gracias a la editorial Suma, y creo que no podría estar más agradecida por ello. Jojo Moyes, la gran escritora de libros como Regreso a Irlanda o Yo antes de ti entre muchos otros, ha vuelto para regalarnos esta maravilla.

Ambientada en 1916 y al mismo tiempo en 2006, Moyes nos adentra en dos situaciones históricas muy distintas, pero con un hilo conductor, que no podría ser más potente: un cuadro. Por un lado se encuentra la Francia de la Primera Guerra Mundial, y por el otro una Londres bastante más actual.

Para ponernos en situación con respecto a las penurias de la Primera Guerra Mundial, el libro tiene una primera parte, en la que nos narra la historia de Sophie Lefèvre, una mujer francesa de la época que tiene que soportar cómo los alemanes invaden y roban a su pueblo. Pero como no podía ser de otra forma, Sophie es todo valentía, fuerza y tenacidad. Guiada por el amor completamente ciego a su marido Édouard, quien se encuentra en la guerra y al que no ha visto en meses, hace una y otra locura, que pone en riesgo no solo su propia vida, sino la del resto de su familia.

Esta primera parte resulta muy intensa. Narrada en primera persona y en pasado, consigue que sientas que estás en la propia piel de los habitantes de St. Péronne, y por tanto, te mantiene en una tensión constante, que mucho más lejos que ir decreciendo con el tiempo, hace que acabes sin aire, sin apartar la mirada de las páginas. 

Los personajes están muy marcados y, con rapidez, queda claro su forma de ser. Como antes he dicho, la valentía de Sophie es inigualable; estoy segura que muy pocos de nosotros seríamos capaces de chulear a soldados alemanes, mucho más teniendo en cuenta que matan y castigan a los habitantes del pueblo, en cuanto no se les hace el caso que exigen. Por otro lado, creo que la esperanza es otro de los rasgos principales de este personaje; no importa lo que le hagan, no importa lo que vea, ni el peligro, ni el hambre, ni el dolor: ella sabe que al final va a volver con su Édouard. 

Otro de los personajes principales es Hélène, la hermana de Sophie. También hay valentía y esperanza en ella, pero ni de lejos llega al punto extremo de su hermana. Es la voz de la razón, la conciencia de la propia Sophie, quien no suele hacerla demasiado caso. Hélène también espera a que su marido vuelva de la guerra, pero sabe que antes de arriesgarse a morir en el intento, tiene que cuidar de sus dos hijos, Mimi y Jean, por lo que tan solo se resigna a esperar, a sobrevivir otro día más en ese pueblo, y a que el resto de su familia lo consiga. 

Aurélien no me llega a convencer del todo; tiene un temperamento muy fuerte, demasiado fuerte en cuanto a su propia familia. Es obstinado, y no parece comprender que su hermana Sophie, hace todo lo que hace por salvar a la persona que ama. Le echa en cara a ésta todo aquello que hace, y finalmente abandona; cuando su familia más le necesitaba, cuando Sophie más le necesitaba. De alguna forma, su presencia consigue ser un granito de arena más a favor de la historia posterior, pero de ninguna manera se ha ganado mi admiración.

Uno de los personajes que más ha causado que mis sentimientos sufran las subidas y bajadas de una montaña rusa, es el Kommandant Friedich Hencken. Al principio lo único que te inspira es odio y desconfianza, no solo por lo obvio, sino por el miedo que genera; de una forma u otra, se le ven las intenciones al comandante alemán. Pero por alguna (o alguien) razón, parece cambiar, y pese a que no llegue a inspirar total confianza, llega a parecer un buen hombre que, como la mayoría, está cansado de una guerra sin sentido. Consigue crear un vínculo con Sophie, gracias al arte, más en particular al cuadro que Édouard pintó para Sophie, y que luego causará más problemas de los que parecía. Ella, al ver la posibilidad de poder ayudar a su marido, no se lo piensa dos veces, y le ofrece al Kommandant todo lo que desee. Esto causa que su forma de ser, fría y penetrante, impasible y sin sentimiento alguno vuelva. Condena a Sophie a una muerte casi segura.

En cuanto a los personajes, ya solo me queda hablar de Liliane Béthune. Odiada por todo el pueblo por su relación con los alemanes, a mí no me causa otra cosa que lástima. Acaba siendo mercancía como tantos otros franceses a manos de los alemanes, abandonando a su pequeña hija Edith en el pueblo. A ésta última no es recomendable que se la infravalore, ni mucho menos que quede olvidada entre las páginas del libro ya que resulta ser la llave que arregla muchos problemas a posteriori. Liliane resulta ser de ayuda para Sophie, pero como se puede suponer, en esas situaciones uno aguanta todo lo que puede, y luego ya no hay nada más que se pueda hacer.

Pese a todo, pese a la situación que se nos pinta durante esta primera parte, tan deprimente y peligrosa, Moyes introduce varios fragmentos llenos de viveza y color; unas pinceladas de alegría, ambientadas en una Francia aún anterior, en la que una dependienta y un pintor se enamoran por las calles de París.

La única pega que le pondría a esta primera parte es su forma de terminar. En el momento de más tensión, con el corazón subido a la garganta, uno se pregunta una y otra vez lo que pasará, cómo se solucionará todo aquello, si los malos son tan malos y los buenos tan buenos, si las parejas rotas se reencontrarán...y termina. Así te deja la primera parte: tenso, con el corazón a mil y una y otra pregunta sobre cómo termina esa historia.

Centrándonos ahora en la segunda parte, la más extensa. He de decir que me hubiera gustado bastante más que el libro tratara solo de la parte anterior, a la de la Francia de 1916.

La narración pierde la viveza y la agilidad, auque es compensada con diálogos bastante más rápidos y entretenidos. Al ser narrado en tercera persona, es como un bombardeo de información: demasiados personajes, demasiados nombres, demasiados trabajos, demasiadas situaciones, demasiado todo. Cuesta un poco coger el hilo de la historia, ya que se confunden los nombres; puede que también sea que yo soy un poco despistada, pero vamos, que a mí no me ha ayudado en absoluto encontrarme con tantos personajes de golpe.

El principio de esta segunda parte me resulta bastante monótono: mucho trabajo, mucha tristeza y poco romance, que es una de las primeras palabras que surgen al escuchar el nombre de esta autora. Hay drama, claro, pero no se trata de un drama que consigue tocarte la fibra y hacer que alguna lágrimita se te escape; es un drama repetitivo, en el que la tristeza viene de un único foco que no hace más que recordarse, y que debería de haberse pasado página hace tiempo.

Pero no se debe perder la fe en Jojo Moyes. Aparece un personaje un poco más dinámico, más interesante: Paul, un ex policía que se dedica a recuperar obras de artes robadas hace años, se encuentra, en un bar gay regentado por su hermano Greg, a una chica rubia que no encaja en ese ambiente, Olivia (Liv) Halston. Borracha, tratando de de olvidar la muerte de su marido David, sufre el robo de su bolso, y eso es todo lo que se necesita para que empiece la acción y la intriga.

El bolso robado lleva a un beso; un beso lleva al principio de un romance; ese romance llega al encuentro de un cuadro pintado hace casi un siglo, que Paul debe encontrar; el cuadro genera problemas judiciales, que acaban con el dinero de una mujer que solo quería mantener un cuadro que su marido le regaló años antes de morir.

En cuanto a los personajes; como ya se ha mencionado, Paul McCafferty es el punto que da comienzo a la intriga. Centrado en su trabajo, trata de ser el mejor padre posible para su hijo, Jake, y al mismo tiempo, de no arruinar la vida de la persona con la que sabe que puede rehacer su vida. Enmienda sus errores y hace todo lo que está en su mano, para evitar que el cuadro acabe en unas manos que no lo merecen. Recuerda, gracias a su antiguo trabajo, que lo importa es lo que es justo y lo que no, y sabe que ha estado actuando desde un bando en el que no se está luchando por esa justicia. 

Liv Halston es frustrante. Comparte la tenacidad con Sophie, por quien siente verdadera admiración debido al tan mencionado cuadro. Pero su tenacidad es lo que más frustra precisamente; no es capaz de pasar página, y cuando parece que ha avanzado un paso, retrocede dos. Atrapada en una casa de vidrio, construida por su difunto marido, David, no parece tener demasiado trabajo, y ya puestos, tampoco demuestra tener ganas de vivir. Parece no avanzar en cuanto a la muerte de David, y eso solo hace aún más lenta la historia. Paul es quien consigue que despierte, y quien de alguna forma la mete en una encrucijada que hace peligrar su querido cuadro.

En una situación de los más estresante y al mismo tiempo aburrida, se reencuentra con Mo, una excompañera de universidad, gótica y fría, que consigue librarla de una cita a ciegas que no podría estar yendo peor. Mo también ayuda a que Liv avance, aunque no de la misma manera que Paul. Es totalmente sincera, tanto que a veces llega a ser cortante, pero es de las pocas que le dice a Liv las cosas tal y como son. La ayuda en todo lo que puede, ya sea haciéndole la comida y ofreciendo su compañía, como viajando a Francia en busca de pruebas que respalden que su cuadro, no fue robado en ningún momento. Resulta ser un personaje extraño, que inspira duda, pero de alguna forma, también causa cierta gracia.

También encontramos a Marianne Andrews, una mujer con fe ciega en su madre. Ésta también resulta clave a la hora de determinar los motivos sobre quien debe quedarse el cuadro. Unos cuadernos guardados en su trastero, datados en torno a la Segunda Guerra Mundial resuelven y al mismo tiempo complican la situación, y a la vez, consigue enfrascarnos de forma muy sutil en lo acontecido durante esa época. Durante el juicio, parece ser uno de los pocos apoyos que tiene Liv, puesto que el resto del mundo se encuentra en su contra.

Uno de los personajes que más llama la atención en esta parte, es Fran; una mujer sin hogar que vive a las orillas del río, y a quien Liv ofrece un café todas las mañanas. Al pasar el día en la calle, ve todo, se entera de todo. No parece tener especial relevancia, pero hacia el final del libro, tiene una conversación con Liv llena de verdad.

Por otro lado, el personaje de Janey Dickinson, resulta peor una mota en el ojo. Espero y deseo, que su apellido resulte un ingenioso juego de palabras por parte de Moyes. Interesada únicamente en la fama, y en conseguirla gracias a su trabajo, no se para a contemplar ni medio segundo que pueda estar equivocada. Jefa de Paul, trata de establecer una relación romántica con él que, afortunadamente, no llega a ocurrir. Es una especie de villana, egoísta y presuntuosa, cuyo única finalidad es demostrar que el cuadro pertenece a unas personas que solo lo quieren para obtener beneficios económicos.

Entre medias de esta marea de información, de juicios, de aparentes engaños y disputas, aparecen capítulos que nos llevan de vuelta a 1916. La historia de Sophie, vivida en sus propias carnes, resulta un descanso de los problemas que su cuadro causará en el futuro. Es una continuación, de forma un poco intermitente, de esa primera parte con un final que parecía tan prematuro.

La historia de una mujer cegada por la esperanza, resulta desgarradora, llena de dificultades, de dolor y de tristeza. Uno mientras la lee piensa en que va a acabar bien, que necesita y merece acabar bien, pero conforme pasan las páginas, se va perdiendo esa esperanza. Te das cuenta de que es un libro realista y no fantástico; que la vida es dura y no siempre tiene finales felices, por mucho que lo esperemos. Y ya no es solo el darse cuenta de que la vida no es un cuento de hadas, que no es (como diría uno de mis personajes literarios favoritos) una fábrica de conceder deseos, sino que en estos momentos, muchos de nosotros estamos viviendo en una situación bastante más tranquila. Muchos de nosotros no estamos viviendo una época de guerra, en la que por la más mínima cosa, podrías acabar viviendo para siempre en un sótano sin ventanas. Eso no quiere decir tampoco que no se estén dando estas situaciones de injusticia ahora mismo, pero que gracias a lo que en cada uno crea, muchos estamos bien y a salvo. 

Y de repente, llega el final. Una auténtica bomba de relojería. En apenas unos capítulos todo cambia. La esperanza vuelve. Las lágrimas que ya habías soltado se limpian, y piensas con orgullo, que una historia como la de Sophie no podía acabar tan mal como se dejaba entrever.

No puedo decir si ella muere o no. Si se encuentra con su amado. Si el Kommandant cumple su promesa. Qué es lo que pasa con Liliane Béthune o con su hija Edith. Qué es de Hélène y Aurélien. Si Liv se queda con el cuadro; si consigue perdonar a Paul. Los motivos por los cuales se demuestra que a quien debe pertenecer el cuadro. Pero creerme, que merece la pena descubrirlo.



   

Siempre entre sueños y letras

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